ilusionismo

18/05/2012

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demasiada lógica

Maurice Maeterlinck

(29 de agosto de 1862 -  5 de mayo de 1949)

Sir John Lubbock se inclina a negar a la abeja todo discernimiento que sale de la rutina de sus trabajos habituales. Da como prueba de ello una experiencia que cada cual puede fácilmente repetir. Meted en una garrafa media docena de moscas, y media docena de abejas; colocad luego horizontalmente la garrafa con el fondo hacia la ventana de la habitación; las abejas se empeñarán, durante horas, hasta morir de fatiga o inanición, en buscar una salida a través del fondo del cristal, mientras que las moscas, en menos de dos minutos, habrán salido todas en el sentido opuesto por el cuello de la botella. Sir John Lubbock deduce de esto que la inteligencia de la abeja es en extremo limitada y que la mosca es mucho más hábil en salir del paso y encontrar el camino. Esta conclusión no parece irreprochable. Volved alternativamente hacia la luz, veinte veces seguidas si queréis, ora el fondo, ora el cuello de la esfera transparente, y veinte veces seguidas las abejas volverán al mismo tiempo para hacer frente a la luz. Lo que las pierde en la experiencia del sabio inglés es su amor a la luz y es su razón misma. Se imaginan, evidentemente, que en toda prisión el rescate está por la parte de la claridad más viva, obran en consecuencia y se obstinan en obrar con demasiada lógica. No han tenido nunca conocimiento de ese misterio sobrenatural que para ellas representa el vidrio, esa atmósfera súbitamente impenetrable que no existe en la Naturaleza, y el obstáculo y el misterio deben de serles tanto más inadmisibles, tanto más incomprensibles, cuanto más inteligentes son. Al paso que las moscas aturdidas, sin seso, sin tener cuenta de la lógica, del llamamiento de la luz, del enigma del cristal, revolotean al azar en el globo y, encontrando aquí la buena suerte de los simples, que a veces se  salvan donde perecen los más sabios, acaban necesariamente  por encontrar a su paso el buen cuello que las salva.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Barcelona, Orbis, pp.66-67

Grete Stern, Botella al mar, 1950

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devenires (iv)

Heinrich von Kleist (1777-1811)

En este punto, dijo el señor C… amistosamente, he de contarle yo otra historia, y no le costará apreciar que viene como anillo al dedo.
Me hallaba de camino hacia Rusia en una quinta del señor de G…, un aristócrata livonio, cuyos hijos se entrenaban asiduamente por aquel entonces en el arte de la esgrima. Sobre todo el mayor, recién vuelto a la universidad, se las daba de maestro, y una mañana cuando yo estaba en su cuarto me ofreció un florete. Esgrimimos; pero resultó que yo le superaba; por añadidura le obcecó la pasión; casi cada una de mis estocadas lo alcanzaba, y por último su florete voló a un rincón. Medio en broma, medio contrito, me dijo al tiempo que recogía el florete que había dado con la horma de su zapato; pero que tal horma existía para toda criatura, y que me iba a conducir ante la mía. Los hermanos prorrumpieron en carcajadas gritando: ¡ea! ¡ea! ¡a la leñera con él!, y cogiéndome de la mano me llevaron ante un oso que el señor de G… su padre, hacía criar en la finca.
El oso, cuando me acerqué a él sin salir todavía de mi asombro, estaba erguido sobre las patas traseras; apoyado contra un poste al que se hallaba atado, alzaba la zarpa derecha presta a la réplica, y me miraba a los ojos: tal era su posición de guardia. Confrontado a un adversario semejante, yo no sabía si soñaba o estaba despierto; pero el señor de G… me decía, ¡ataque! ¡ataque, e intente asestarle siquiera una estocada! Así que me hube recobrado un poco de mi estupefacción, me lancé sobre el florete en mano; el oso movió ligerísimamente la zarpa y paró el golpe.
Ahora yo me encontraba casi en la misma trampa que el joven señor de G… La seriedad del oso me sacaba de mis casillas, se sucedían estocadas y fintas, me empapaba el sudor: ¡todo en vano! El oso no sólo paraba todos mis golpes, como el mejor esgrimidor del mundo, sino que además ni siquiera se inmutaba por las fintas (y en ello ningún esgrimidor del mundo hubiera podido imitarlo): con los ojos fijos en los míos, cual si en ellos me pudiese leer el alma, allí estaba plantado, con la zarpa alzada y pronta a la réplica, y cuando mis estocadas no iban en serio, ni se movía.

Kleist, Heinrich von: Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Madrid, Hiperion, 1988, pp.34-35

texto completo

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condiciones

graffiti en París, Édouard Boubat (1968)

*

Se dice equivocadamente (sobre todo en el marxismo) que una sociedad se define por sus contradicciones. Pero eso sólo es cierto a gran escala. Desde el punto de vista de la micropolítica, una sociedad se define por sus líneas de fuga, que son moleculares. Siempre fluye o huye algo, que escapa a las organizaciones binarias, al aparato de resonancia, a la máquina de sobrecodificación: todo lo que se incluye dentro de lo que se denomina “evolución de las costumbres”, los jóvenes, las mujeres, los locos, etc. Mayo del 68, en Francia, era molecular, y sus condiciones tanto más imperceptibles desde el punto de vista de la macropolítica. En esas circunstancias, se da el caso de que personas muy moderadas o muy viejas capten mejor el acontecimiento que los hombres políticos más avanzados, o que se creían tales desde el punto de vista de la organización. Como decía Gabriel Tarde, habría que saber qué campesinos, y en qué regiones del Mediodía, han empezado a negar el saludo a los propietarios de su entorno. A este respecto, un viejo propietario desfasado puede evaluar mejor las cosas que uno progresista. En Mayo del 68 ocurrió lo mismo: todos los que lo juzgaban en términos de macropolítica no comprendieron nada del acontecimiento, puesto que algo inasignable huía. Los hombres  políticos, los partidos, los sindicatos y muchos hombres de izquierda, cogieron una gran rabieta; repetían sin cesar que no se daban las “condiciones”. Daba la impresión de que se les había privado provisionalmente de toda la máquina dual que los convertía en los únicos interlocutores válidos. Extrañamente, de Gaulle e incluso Pompidou comprendieron mucho mejor que los otros.

G. Deleuze y F. Guattari: Mil Mesetas, Pre-textos Valencia, 2004, p.220-221

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el letrero

Luis Seoane, Emigrante (1967)


-Es una historia que sucedió realmente y que leí en los periódicos, una historia de emigrantes. Una mujer gallega que nunca había salido de su pueblo viajó hasta Suiza para ver a sus hijos que trabajaban allá. Ella aquí vivía sola, los vecinos escribieron la dirección de los hijos en Ginebra en un letrero, se lo colgaron del cuello y la metieron en el tren: en el letrero se indicaba adónde tenía que llegar la mujer. La pobre mujer iba enseñando a todo el mundo su letrero con la dirección escrita para que le dijeran qué tren tenía que tomar, a qué ventanilla tenía que dirigirse, en qué cola ponerse… Sólo hablaba gallego y se volvió completamente loca después de un viaje que no acababa nunca. Cuando llegó a Ginebra no sabía quién era ni reconocía a nadie: tan solo mostraba su letrerito y gemía, ya no hablaba. Ni siquiera la dejaron entrar. Allá, como en todas partes, son muy aprovechados y muy asépticos: una mujer en aquellas condiciones, enferma, trastornada, no podía entrar en el país, no es rentable, no sirve, y sus hijos tampoco pudieron hacer nada. Aquí acaba la historia: le dieron un calmante, la metieron en el tren, inconsciente, y la mandaron de vuelta al pueblo. Leí la historia en los periódicos y enseguida pinté el cuadro que ves: con el letrero ya es suficiente. La tragedia se comenta a sí misma.

Victor Freixanes: Unha ducia de galegos (1976)

-É unha historia que sucedéu de certo e que lin nos xornáis, unha historia de emigrantes. Unha mulleriña galega que na súa vida saíra da súa aldea viaxóu até a Suiza pra ver aos seus fillos que traballaban aló. Ela eiquí vivía soia, os veciños escibiron o enderezo dos seus fillos en Xenebra, penduráronllo do pescozo nun letreiro e metérona no tren: no letreiro decíase ónde tiña que chegar a muller. A probe íballe amosando a todo o mundo o seu leteiro co enderezo escrito pra que lle dixeran qué tren tiña que coller, a qué ventaniña tiña que se dirixir en qué cola poñerse… Non falaba máis que galego e ficou completamente tola despóis dun viaxe que non remataba nunca. Cando chegóu a Xinebra non sabía quén era nin recoñecía a ninguén: somentes amosaba o seu letreiriño e xemía, que xa non falaba. Non a deixaron entrar siquera. Aló, como en todas partes, sonche moi cucos e moi asépticos: unha muller naquelas condicións, doente, trasvariada non podía entrar no país, non é rentable, non sirve, e os seus fillos tampouco poideron facer cousa ningunha. Aquí remata a historia: puxéronlle un calmante, metérona no tren, sin conciencia, e mandárona de volta pra aldea. Lin a historia nos xornáis e axiña pintei o cadro que ves: co letreiro cáseque abonda. A traxedia coméntase a sí mesma.

Victor Freixanes: Unha ducia de galegos

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herdanza / inheritance

-Traducir paseniño, sen facer ruído, devagar tan só porque o quero amosar e compartir contigo, só por iso, porque me sinto na obriga-

Luis Seoane

(Buenos Aires, 1910- A Coruña, 1979)

Building Castles in Spain

In New York he died a failure, thirty three years of America*, Ramón Rodríguez Iglesias

who had worked all of these years in the port of the city,

in the harvest of apples in California

in the coalmines of Pennsylvania

in the wheat reaping in Minnesota

going from one State to another dreaming, sitting with his legs hanging out of the freight car doors of the railroads

just to have, it was his dream, a castle built up amongst the rocks covered by seaweed, goose barnacles, baskets of crabs,

around a deep sea of firm octopuses

on the Atlantic Galician coast.

He thought about a castle wrapped in ashen fog and high waves

and, without knowing about it, Ramón Rodríguez Iglesias had inherited it many years ago.

When he died, his unknown nephew, Dalmacio da Cruña,

received a few dollars from the uncle of America

and also a castle built up amongst the rocks, embroidered out of the ocean foams,

the same one of which his  uncle had dreamt

in the coalmines of Pennsylvania, in the port of New York, in the wheat fields of Minnesota, in the apple trees of California.

Bundle of an exiled (1952)

*TN.  In the beginning of the 20th Century in Galicia, large amount of the population emigrated to South America and North America. To talk about people who emigrated to America in Galician the expression “to make the Americas” is used.

Building Castles In Spain

En New York morreu fracasado, trinta e tres anos de América, Ramón Rodríguez Iglesias

que tiña traballado todos ises anos no porto da cibdade,

na colleita de mazás en California

nas minas de Pensilvanya

na sega do trigo en Minnesota

indo dun estado a outro soñando, asentado cas pernas afora, nas portas dos vagós de cárrega dos ferrocarrís

pra ter, era seu soño, un castelo ergueito sobor rochas cobertas de argazos, de percebes, de patelas, de nécoras,

sobor dunha mar fonda, de pulpos pretos,

na costa atlántica galega.

Un castelo cavilaba envolto en cincentas névoas e outas vagas

e que, sen sabelo, Ramón Rodríguez Iglesias tiña herdado facía moitos anos.

Cando morreu, ao seu sobriño desconocido, Dalmacio da Cruña,

quedáronlle do tío de América uns poucos dólares

e tamén o castelo ergueito sobor de rochas, broslado de escumas da mar,

que o tío americano tiña soñado

nas minas de Pensilvanya, no porto de New York, nos trigaes de Minnesota, nos pomareiros de California.

Fardel de eisilado, 1952


algúns debuxos e pinturas de Luis Seoane:

acó e acolá

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devenires (iii)

Fotografía: Andrew Williams

Visto desde lo alto

En un sendero yace un escarabajo muerto.
Tres pares de patas cruzadas sobre el vientre con esmero.
En lugar del caos de la muerte, pulcritud y orden.
El horror de esta imagen resulta moderado,
su alcance es sólo local: de la grama a la menta.
La tristeza no se contagia.
El cielo es azul.
Para nuestra tranquilidad, los animales no mueren:
revientan de una muerte digamos menos honda,
perdiendo -queremos creer- menos sentir y menos mundo,
abandonando -creemos- un escenario menos trágico.
Sus mansas ánimas no nos espantan de noche,
respetan las distancias,
se mantienen a raya.

Y helo aquí: en un estado indeplorable,
el escarabajo muerto en el sendero resplandece bajo el sol.
El tiempo de una mirada basta para pensar en él:
no le ha ocurrido nada importante, parece.
Lo importante, dicen, es lo que nos atañe a nosotros.
La vida, pero sólo nuestra, o la muerte, pero también sólo nuestra,
una muerte que así goza de su obligada primacía.

W. Szymborska,  Paisaje con grano de arena (1997)

[Gracias, Ana, por tu respuesta]

puede leerse aquí

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qué hacer

The belief effect

«En los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, mientras los aliados luchaban por liberar a Europa de la ocupación alemana, en los hospitales de campaña existía una gran demanda de morfina. Cuando las bajas eran particularmente elevadas, la demanda superaba a las existencias y había que realizar operaciones sin anestesia. Antes de una de esas operaciones, Henry Beecher, un anestesista estadounidense, se preparaba para intervenir a un soldado que tenía unas heridas terribles. Estaba preocupado: sin morfina, la operación no sólo resultaría extraordinariamente dolorosa, sino que podría inducir un shock cardiovascular de consecuencias fatídicas. Pero entonces ocurrió algo muy extraño, algo que iba a alterar profundamente la actitud de Beecher ante la medicina el resto de su vida. En medio de su desesperación, una de las enfermeras inyectó al paciente una inocua solución salina. Para sorpresa del anestesista, el paciente se tranquilizó de inmediato, igual que si le hubieran administrado morfina. Al parecer, el soldado no sólo sintió muy poco dolor durante la operación, sino que no tuvo ningún  problema cardiovascular. Daba la impresión de que el agua salada podía resultar tan eficaz como cualquier potente analgésico del arsenal médico. En los meses siguientes, cuando las existencias de morfina escaseaban, Henry Beecher repetía el truco. Y funcionaba. Después de la guerra, Beecher regresó a Estados Unidos convencido del poder de los placebos y reunió a un grupo de colegas que estudiaron el fenómeno en la Universidad de Harvard.» (1)

-

«La enorme complejidad de la imagen que empieza a formarse a raíz de la investigación científica de la respuesta placebo contrasta acusadamente con los mensajes simplistas de muchos integrantes del movimiento de la medicina alternativa. Éstos hablan a menudo del poder de la mente para curar el cuerpo como si la mente fuera capaz de de acabar con todos y cada uno de los males del cuerpo con independencia de ambigüedades y de las salvedades que exigen las irrefutables pruebas científicas. «¡Tú puedes curar tu vida!», proclama Louise Hay, la gurú de la Nueva Era, que afirma que ella se curó del cáncer simplemente modificando sus patrones de pensamiento.

Por supuesto, la idea de que la mente tiene un poder ilimitado para curar el cuerpo resulta muy tranquilizadora. Pero la tranquilidad y la verdad no siempre van de la mano. Y, en estos asuntos, la mejor guía para llegar a la verdad es una investigación escrupulosa y no los temerarios pronunciamientos de profetas y gurús. Por desgracia, los datos científicos no respaldan las afirmaciones de Louise Hay y de otros fervorosos fieles del poder de la mente. El ejemplo del cáncer viene muy a cuento. Cuando han crecido lo suficiente para que puedan ser detectados, la mayoría de los tumores están tan arraigados que las células que defienden de forma natural al organismo ya no pueden eliminarlos. Así que el hecho de que, como algunos inmunólogos han afirmado recientemente, esas células sean capaces de reaccionar a los impulsos psicológicos, no significa que la mente pueda curar un cáncer avanzado.

Pese a todo, el panorama no es tan lóbrego. Aunque las sonoras declaraciones de Louise Hay y otros sean falaces, no debemos desdeñar los últimos hallazgos científicos, menos espectaculares pero igualmente sorprendentes, en el terreno de la medicina de la mente y el cuerpo. Es posible que el poder de la mente para sanar el cuerpo no sea ilimitado, pero tampoco es despreciable. Como hemos visto,  en algunas dolencias y enfermedades, la mente puede ejercer un efecto directo sobre el sistema inmunitario, que es lo que sucede cuando un placebo da pie a que se forme una creencia que bloquea la respuesta de fase aguda (2). Además, en el caso de algunas enfermedades que, como el cáncer, no son susceptibles al efecto placebo, una actitud positiva puede servir para combatirlas indirectamente, porque gracias a ella es más probable que los pacientes tomen todas las medidas oportunas para intentar curarse. La mente lucha contra la enfermedad de muchas maneras, y la más importante de ellas sigue siendo la de impulsarnos a elegir bien qué hacer.»(3)

(1) Dylan Evans: Placebo, Barcelona, Alba, 2010, p.23
(2) La respuesta de fase aguda hace mención al proceso físico de inflamación y sus síntomas psicológicos.
(3) ibíd, p. 272-273
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rhizome

Fuente: http://urbagram.net/microplexes

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devenires (ii)

en los ojos del caracol para siempre abiertos los ojos de Raymond Carver
fotografía: Adam Voorhes

Raymond Carver

(25 de mayo de 1939 — 2 de agosto de 1988)

PARA SIEMPRE

A la deriva en una nube de humo,

sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol

hasta el muro de piedra.

Solamente el final me acuclillo, veo

 

lo que hay que hacer y, de repente,

me adhiero a la piedra húmeda

Empiezo a mirar lentamente alrededor

y a escuchar, utilizando para ello

 

mi cuerpo entero como el caracol

utiliza el suyo, relajado, pero alerta.

¡Atención! Esta noche es un hito

en mi vida. Después de esta noche,

 

¿cómo podré volver a mi

vida anterior? Mantengo los ojos fijos

en las estrellas, les hago señales

con mis antenas. Me sujeto bien

 

durante horas, descansando sin más.

Más tarde, la pena comienza

a gotear en mi corazón.

Recuerdo que mi padre está muerto,

 

y que me voy a ir pronto

de esta ciudad. Para siempre.

Adiós, hijo, dice mi padre.

Casi al amanecer, bajo

 

y vuelvo errabundo a casa.

Todavía están esperándome,

el espanto aletea en sus rostros

cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.


Raymond Carver, Todos Nosotros, Bartleby Editores, Madrid, 2007, p.62-63

*

FOREVER

Drifting outside in a pall of smoke,
I follow a snail’s streaked path down
the garden to the garden’s stone wall.
Alone at last i squat on my heels, see

what needs to be done, and suddenly
affix myself to the damp stone.
I begin to look around me slowly
and listen, employing

my entire body as the snail
employs its body, relaxed, but alert.
Amazing! Tonight is a milestone
in my life. After tonight

how can I ever go back to that
other life? I keep my eyes
on the stars, wave to them
with my feelers. I hold on

for hours, just resting.
Still later, grief begins to settle
around my heart in tiny drops.
I remember my father is dead,

And I am going away from this
town soon. Forever.
Goodbye son, my father says.
Towards morning, I climb down

and wander back into the house.
They are still waiting,
fright slashed on their faces,
as they meet my new eyes for the first time.

snails world

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devenires (i)

Fotografía: Stephen Dalton

Julio Cortázar (1914-1984)

axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

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el ojo inocente

Mark Tansey: The innocent eye test (1981)

Un físico, un matemático y un filósofo contemplan una región para los tres desconocida desde su compartimento en un tren en marcha. Al otro lado de la ventana se ve una vaca negra pastando. “En este lugar, las vacas son negras”, dice el físico. “Vas demasiado lejos”, dice el matemático. “Lo más que puedes decir con los datos de que disponemos es que, en este lugar, al menos una vaca es negra”. “Tú también vas demasiado lejos”, dice el filósofo. “Lo más que puedes concluir es que, en este lugar, al menos una vaca es negra por un lado ”.

Manuel García-Carpintero: Las palabras, las ideas y las cosas, Barcelona, Ariel, 1996, p.74

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reaparecerá

Henri Michaux

El pájaro que se pierde

Aquel está en el día en que aparece, en el día más blanco. Pájaro.

Aletea, se vuela. Aletea, se pierde.

Aletea, reaparece.

Se posa. Y después no está más. Con un batir de alas se ha perdido en el espacio blanco.

Así es mi pájaro familiar, el pájaro que acude a poblar el cielo de mi pequeño patio. ¿Poblar? Ya se advierte cómo…

Pero me quedo en el lugar, contemplándolo, fascinado por su aparición, fascinado por su desaparición.

Henry Michaux, La vida en los pliegues (1949)

en Antología poética 1927-1986 (trad. Silvio Mattoni),

Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, p.140.


*

L’oiseau qui s’efface

Celui-là, c’est dans le jour qu’il apparaît, dans le jour le plus blanc. Oiseau.

Il bat de l’aile, il s’envole. Il bat de l’aile, il s’efface.

Il bat de l’aile, il réapparaît.

Il se pose. Et puis il n’est plus. D’un battement il s’est effacé dans l’espace blanc.

Tel est mon oiseau familier, l’oiseau qui vient peupler le ciel de ma petite cour. Peupler ? On voit comment…

Mais je demeure sur place, contemplant, fasciné par son apparition, fasciné par sa disparition.



antología poética de Henri Michaux

otros pájaros

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entrañas

Remedios Varo (1908-1963)

110

El sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y se perdieran en el infinito, o bajaran en círculos perdiéndose en las entrañas de la tierra. Cuando me arrastró en sus ondas la espiral comenzó, y esa espiral era un laberinto. No había ni techo ni fondo, ni paredes ni regreso. Pero había temas que se repetían con exactitud.

ANAÏS NIN, Winter of Artifice.

Julio Cortázar, Rayuela (1963)

 

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lo que no somos

Eugenio Montale

 (Génova, 12 de octubre de 1896 – Milán, 12 de septiembre de 1981)

No nos pidas la palabra

No nos pidas la palabra que de par en par exhiba
nuestro ánimo informe y con letra de fuego
lo declare y resplandezca como una amarilla
flor perdida en un terreno polvoriento.

Ah, el hombre que camina sin recelo,
amigo de los otros y de sí mismo y no se cuida
de su sombra que en el punto extremo
del calor se imprime sobre un desconchado muro.

No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba torcida y seca como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.

*

Non chiederci la parola che squadri da ogni lato
l’animo nostro informe, e a lettere di fuoco
lo dichiari e risplenda come un croco
perduto in mezzo a un polveroso prato.

Ah l’uomo che se ne va sicuro,
agli altri ed a se stesso amico,
e l’ombra sua non cura che la canicola
stampa sopra uno scalcinato muro!

Non domandarci la formula che mondi possa aprirti,
sì qualche storta sillaba e secca come un ramo.
Codesto solo oggi possiamo dirti,
ciò che non siamo, ciò che non vogliamo.

Eugenio Montale, Huesos de sepia (Ossi di seppia, 1925)

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freno de emergencia

zapata de freno (fuente: wikipedia.org)

“Marx dijo que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero quizá sea diferente. Puede ser que las revoluciones sean la mano de la especie humana que viaja en ese tren y que tira del freno de emergencia.”

Walter Benjamin (citado por Michael Lowy en “Aviso de incendio”: la crítica de la tecnología en Walter Benjamin)

Así lo puntualizaba Walter Benjamin, sacando de quicio la idea inicial de Marx. Detener la historia. La historia imparable, el rastro de injusticia y muerte que dejaba el capitalismo a su paso.

Nuestra mano, lo sabemos bien, ya no puede ser hoy revolución. Sería amputada al instante. Debe ser pues otra cosa. Me pregunto qué demonios puede ser, en qué podremos convertir hoy la mano, esta mano que es nuestra y duele, duele, duele tanto.

¿Cómo podremos accionar el freno?

.

Hoy y siempre: «mucha Grecia» (1)

desde muchos otros lugares:

saltandoalapatacoja

alfinaldelaasamblea

fueradelugar

(1) la expresión «mucha Grecia» puede encontrarse entre los trabajos de prosa de Alejandra Pizarnik, la pronuncio hoy, incorporando en ella mi apoyo al pueblo griego, convulso desde hace largo tiempo, en este tren sin frenos en el que viajamos todos.

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Document

Una carpeta dentro de otra carpeta. Un disco duro externo. Busco algo. Me tropiezo con una piedra. Es un documento. Su título es “Document”. Rigurosamente cierto. ¿Document? Curiosidad. Doble click. Pop-up solicita contraseña. El documento está protegido. Pongo la clave que tenía entonces. No funciona. Bloq Mayús. Ahora sí. Se abre. Un poema. Cuánto tiempo. El documento no se corresponde con la carpeta. No son apuntes ni nada parecido. Ni siquiera de la época de estudios sino mucho antes. En la página hay un texto todavía más antiguo. Y un trabajo escolar. Apenas lo recordaba. Mi primer trabajo para la clase de filosofía. Una exposición de fotografía de la agencia Magnum. Unos espacios en blanco -donde se pegarían las fotografías comentadas. Había también unos textos comentados en el trabajo -quizás pertenecían al dossier de la exposición o bien había sido el profesor quien los había escogido para comentar. Imposible recordarlo.

Comienzo a leer. Comienza el descenso. Plof. Un segundo tan solo.

¿Qué sabe aquel a quien, en lugar del asunto, sólo se le da a ver su imagen o, como sucede en las noticias televisadas, una abreviatura de la imagen o, como sucede en  el mundo de las redes de comunicación, una abreviatura de la abreviatura?

Peter Handke  (Un viaje de invierno a los ríos Danubio,Save, Morava y Drina,1996)

Comentario:

Tiene razón Peter Handke. Quizá nuestra vida se esté convirtiendo a un ritmo loco y salvaje en una abreviatura. Y ya no sólo en el ámbito de cuestiones bélicas o políticas (que vienen al fin y al cabo a ser lo mismo).

Estamos obsesionados con que todo sea más pequeño, reducido. Pensemos en los ordenadores y esos microchips, en los teléfonos… ¡Que todo ocupe menos espacio! Pero al final las televisiones tienen una gran pantalla y las noticias una pequeña cobertura. Las dosifican de una manera insultante. Aunque curiosamente las noticias deportivas se hacen más y más largas. Quizá sea que tanta guerra aburre a los telespectadores. Quizá esos telespectadores se contenten con unas cifras de los muertos. Si quieren saber algo más…¡que se compren un libro!

¡El tiempo apremia! Y si en vez de coger aire diecisiete veces por minuto pudiéramos hacerlo doce, lo haríamos sin dudarlo.

La culpa es de los relojes, que nos recuerdan las horas, los minutos, los segundos, las centésimas y millonésimas de segundo. Si existe una opresión real es la de los relojes. La liberación de la Humanidad, la mayor libertad a la que puede aspirar el Hombre es a que no existan. No podemos evitar eso de que “somos seres en el tiempo”, pero sí olvidarlo de vez en cuando, o por lo menos no estar constantemente pensando en ello. Si tuviéramos que buscar un enemigo no sería otro que el tiempo.

Veo mi nombre.  Mi clase: 3ºB.

Gracias a la descripción de mis comentarios y el nombre del fotógrafo pude encontrar algunas de las fotografías que formaban parte de aquella exposición. Las fotografías  que rellenaron aquellos espacios en blanco.

Marc Ribaud

Philip Jones Griffiths

James Nachtwey

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ese baile

Hermann Karl Hesse

(Alemania, 2 de julio de 1877 – Suiza, 9 de agosto de 1962)

Lo sabía: el mismo juego, el mismo anhelo ávido, noble, sin esperanza, de algo auténtico, eterno, valioso en sí mismo, que le impulsaba a llenar hojas de papel escrito, empujaba también a todos los demás, al general, al ministro, al diputado, a la elegante dama, al aprendiz de tendero. Todos los hombres, iluminados por secretas ilusiones, cegados por ideas preconcebidas, seducidos por ideales, anhelaban de algún modo, muy inteligente o tonto, poco importaba, salir de sí mismos,  y de los límites de lo posible. No había teniente que no llevase consigo la imagen de Napoleón… ni Napoleón que en su época no se sintiera como un imitador, no considerara sus hazañas medallas de juguete, sus objetivos ilusiones. Nadie había quedado fuera de ese baile. Nadie tampoco había dejado de experimentar en algún momento, a través de alguna hendidura, la certeza de ese engaño.

Hermann Hesse, El rastro de un sueño (1926), Madrid, Planeta, 1977, p.27

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el otro

M.M., Wells Cunningham

Handel-Halvorsen Passacaglia for cello and violin

El dúo es una composición musical para dos ejecutantes, instrumentales o vocales. Cuando se trata de dos instrumentistas se suele hablar de dúo (Dúo de violines), reservándose el término dueto (diminutivo de dúo) para las composiciones de dos cantantes. Además de ser una composición musical, se conoce por este nombre a la formación musical de dos intérpretes.

fuente: http://es.wikipedia.org

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el rostro

Untitled (Glass on Body Imprints — Face), Ana Mendieta, 1972.

Mil mesetas (1980)

¿No es eso también deshacer el rostro, o como decía Miller (1), ya no mirar a los ojos ni mirarse en los ojos, sino atravesarlos a nado, cerrar los ojos y convertir el propio cuerpo en un rayo de luz que se mueve a una velocidad cada vez mayor? Por supuesto, se necesitan todos los recursos del arte, y del arte más elevado. Se necesita toda una línea de escritura, toda una línea de picturalidad, toda una línea de musicalidad… Pues gracias a la escritura se deviene animal, gracias al color se deviene imperceptible, gracias a la música se deviene duro y sin recuerdos, a la vez animal e imperceptible: amoroso. Pero el arte nunca es un fin, sólo es un instrumento para trazar líneas de vida, es decir, todos esos devenires reales, que no se producen simplemente en el arte, todas esas fugas activas, que no consisten en huir en el arte, en refugiarse en el arte, todas esas desterritorializaciones positivas, que no van a reterritorializarse en el arte, sino más bien arrastrarlo con ellas hacia el terreno de lo asignificante, de lo asubjetivo y de lo sin-rostro.

G. Deleuze y F. Guattari: Mil Mesetas, Pre-textos Valencia, 2004, p.191

(1) “Ya no miro a los ojos de la mujer que tengo en mis brazos, los atravieso a nado, cabeza, brazos y piernas en su integridad, y veo que tras las órbitas de esos ojos se extiende un mundo inexplorado, mundo de las cosas futuras, y que ese mundo carece de toda lógica (…). He roto la pared (…), mis ojos ya no sirven para nada, pues sólo me remiten la imagen de lo conocido. La totalidad de mi cuerpo debe devenir rayo perpetuo de luz, moviéndose a una velocidad cada vez mayor, sin respiro, sin retorno, sin debilidad (…). Sello, pues, mis oídos, mis ojos, mis labios” (Henry Miller, Trópico de Capricornio, citado en Mil Mesetas, p. 177)

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