E M Cioran


Cuadernos

“Toda filosofía no vale una hora de dolor”. Desde mi época de insomnios he hecho inconscientemente esta afirmación de Pascal, siempre que he leído o releído a un filósofo.

La diferencia entre un hombre de acción y un pensador es la de que un pensador no comete ni puede cometer -nunca- una falta trágica; por eso no juega ni puede jugarse la vida… mientras que el hombre de acción no hace otra cosa.

La reflexión sobre la vida no carece necesariamente de fin. Entraña un límite, ya que, cuando rumiamos su objeto, resulta imposible no toparnos tarde o temprano con el suicidio, que detiene la progresión del pensamiento, que se erige como un muro ante la reflexión. Así, cuando nos perdemos en la ola de la vida, el suicidio se presenta como un mojón, un punto de referencia, una certidumbre, una realidad positiva: por fin tiene el pensamiento algo sobre lo que rumiar, deja de divagar.
En el vértigo que se apodera del pensamiento en cuanto se aplica a la vida, es decir, a la ola misma, el suicidio aparece como un pretil.

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Emile Cioran

La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos.
No sé como distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado.
Sentirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa soledad es también física.
¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.

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