
Cuadernos
“Toda filosofía no vale una hora de dolor”. Desde mi época de insomnios he hecho inconscientemente esta afirmación de Pascal, siempre que he leído o releído a un filósofo.
La diferencia entre un hombre de acción y un pensador es la de que un pensador no comete ni puede cometer -nunca- una falta trágica; por eso no juega ni puede jugarse la vida… mientras que el hombre de acción no hace otra cosa.
La reflexión sobre la vida no carece necesariamente de fin. Entraña un límite, ya que, cuando rumiamos su objeto, resulta imposible no toparnos tarde o temprano con el suicidio, que detiene la progresión del pensamiento, que se erige como un muro ante la reflexión. Así, cuando nos perdemos en la ola de la vida, el suicidio se presenta como un mojón, un punto de referencia, una certidumbre, una realidad positiva: por fin tiene el pensamiento algo sobre lo que rumiar, deja de divagar.
En el vértigo que se apodera del pensamiento en cuanto se aplica a la vida, es decir, a la ola misma, el suicidio aparece como un pretil.
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Filosofía y poesía
El poeta ha sabido desde siempre lo que el filósofo ha ignorado, esto es, que no es posible poseerse a sí mismo, en sí mismo. Sería menester ser más que uno mismo; poseerse desde alguna otra cosa más allá, desde algo que pueda realmente contenernos. Y este algo ya no soy yo mismo. La actualidad plena de lo que somos, únicamente es posible a la vista de otra cosa, de otra presencia, de otro ser que tenga la virtud de ponernos en ejercicio. ¿Por qué hemos de salir nosotros mismos; cómo, por quién de no estar enamorados? (…)
La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la obscuridad. “La música callada, la voz sonora”. Es la salida de sí, un poseerse por haberse olvidado, un olvido por haber ganado la renuncia total. Un poseerse por no tener ya nada que dar; un salir de sí enamorado; una entrega a lo que no se sabe aún, ni se ve. Un encontrarse entero por haberse enteramente dado.
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Quino, sempre extraordinario.

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Dicen que cuando estudiaba los astros
distraído mirando hacia las estrellas,
Tales se cayó a un pozo.
Una esclava tracia que estaba presente se rió burlona.
El filósofo, que creía saber las cosas del cielo
se olvidaba de las que tenía delante de él, a sus pies.
El genio se cayó al pozo.
Tal vez todos los filósofos sean un poco Tales.
Desde entonces la filosofía encontró una nueva definición:
Filosofía es aquello de lo que se ríen las sirvientas.
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